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"Memorias para seguir"

Por Carolina García


Así como el agua y el pan sobre la mesa, necesitamos el alimento de compartir a viva voz, las huellas de Dios en nuestras historias personales. Como parte del seguimiento a Jesús, ese ejercicio de hilar relato y memoria resulta vital. Y no cualquier memoria y cualquier relato, sino aquel que nace de buscar a Dios.

Ya los salmistas dejaron el tono cuando, en varios de los salmos, se marca un momento de cambio en la actitud. En muchos se pasa del lamento, fracaso, miedo, angustia o derrota, a la declaración de confianza o alabanza, cuando se hace memoria de lo que Dios ha hecho, como en el Salmo 143, 5:

“Traigo a la memoria los tiempos de antaño: medito en todas tus proezas, considero las obras de tus manos”.


El ejercicio parece simple, pero no lo es. Mueve y cambia la mirada. Mientras revisamos lo que hemos vivido y cómo se ha marcado la huella de Dios en nuestra historia, es inevitable reconocer los motivos para agradecer, para alegrarse o para reconocerle por Quién es. Y entonces el presente puede brillar con otro color. Se nos concede poder hallar el matiz, el recoveco ante la adversidad o lo inexorable. Entonces, la esperanza.


El ejercicio para uno mismo deriva en el movimiento de dar. Cuando compartimos en comunidad una alegría, un agradecimiento con algún nombre y apellido, una historia con lugar y fecha de lo que Dios ha hecho, anunciamos una vez más, que Dios se ha hecho carne y mora y trabaja entre nosotros. En estos tiempos turbulentos, sobre todo, es buen momento para recordar el hasta aquí de su bondad, amor y sustento.


Hace 11 años me diagnosticaron endometriosis. Después de que me operaron para extraer el tejido fuera de su lugar, que invadía otros órganos, me desperté de la anestesia con la cara empapada de lágrimas. Tenía frente a mí a una mujer que, en tono de consuelo, me decía que no me preocupara, que estaba bien, que no me habían quitado todo, que podría tener hijos alguna vez. No sé qué le dije, ni siquiera quién es ella, pero me dejó claro ese recuerdo que estaría bien.

Luego de esa cirugía, estuve en un tratamiento por varios años. Cuando una amiga me preguntó si creería que podía sanar, pasé varios días sintiendo y pensando muchas cosas, le daba vuelta. Creo que Dios me fue guiando paso a paso: entré a una terapia, comencé a comer mejor, oré pidiendo salud en cuerpo y alma. Y, ante todo, estaba rodeada de mi comunidad de fe, cuidada por la amistad entrañable.


Cuando creí que había mejorado, dejé el tratamiento. Poco después, en el siguiente chequeo, la ginecóloga me autorizó seguir sin tomar nada porque los síntomas habían desaparecido. Y así seguí. Al cabo de dos años tuve una hija sin ningún problema, como si nunca hubiese tenido endometriosis. “Esa enfermedad es crónica, no se quita”, me dice el ginecólogo.


Pero eso es lo que dice. Antes tenía síntomas, ahora no. Lo que sí tengo es una hija y este agradecimiento por tanto amor. Esta es una de las historias que me alegran y me ayudan a seguir ¿Cuáles son las tuyas? Espero que te animes a compartirlas.

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