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Me llamó: amiga

Por Lorena Juárez.


“¿Tenés amigas?”, preguntó la psicóloga del hospital a una niña asmática de unos 10 años aproximadamente. Su madre, en privado, ya le había anticipado que solía jugar sola. La niña tuvo la necesidad de mentir y, mirándola, respondió que sí. Tal vez porque no se imaginaba qué importancia o relación podría tener su asma con la amistad.

¿Por qué será que una doctora necesita esa información social, cuando esa niña en realidad iba al hospital por una cuestión física?


La ciencia nos habla de la amistad y cómo esta impacta en el cuerpo. Por ejemplo, nos dice que las personas que tienen más amigos serían más capaces de lidiar con el dolor. También, que las personas más “amigueras” tienen mayor actividad de endorfinas, las moléculas liberadas en el cerebro que regulan el dolor y nos hacen sentir bien. Las endorfinas tendrían un poderoso efecto analgésico, incluso mayor que la morfina, según consta en dicho estudio1. Los amigos se parecen, no solo de manera superficial, sino también en su estructura cerebral.


Luego de leer esto último, no pude dejar de pensar en paralelo, en la amistad que propone

Jesús. Escuchemos sus palabras que nos invitan a ir más allá aun:

“Ya no los llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; sino que los llamo amigos, porque todas las cosas que aprendí de mi Padre se las he dado a conocer” (Evangelio, según San Juan, 15:15).


Ser amigos de Jesús requiere entonces un aprendizaje. Esto nos llevará más lejos de las cuestiones superficiales, nos llevará a cambiar estructuralmente, a aprender de esas cosas que me van a modificar y llevarnos a tener la misma mente de Cristo.


La profundidad de la amistad que nos sugiere aquí Jesús es tan real que se va requiriendo, no solo un compromiso, sino también un involucramiento.


En la amistad hay también reciprocidad. Y esto es hermoso si pensamos que en esta amistad de dos, el otro es Jesús. Esto es importante mencionar por el hecho de que suele pensarse en la persona de Jesús como amigo dador, que acompaña, que ama, es decir, un vínculo unidireccional, olvidando claramente que si Él nos llama “amigo/a” es porque también está esperando una amistad de nuestra parte.


En la amistad hay situaciones que son las pruebas de fuego. Jesús también tuvo que pasarlas: recordemos los momentos previos a la oración en el Getsemaní, cuando Jesús necesitó que sus amigos estuviesen allí cerca orando por Él, por todos. Sus amigos quedaron dormidos (¿por la tristeza?), pero allí estaban. Esta oración invadida de aroma a muerte necesitaba que físicamente ellos estuvieran allí con Él.


La amistad deja huella. Las personas que pasan por nuestra vida, aun cuando ya no están, nos dejan una marca, esa huella emotiva que será la que nos acompañará por siempre, no solo en nuestro recuerdo, sino en nuestra estructura cerebral, en la piel, en las lágrimas, en todo nuestro ser.


Recordemos la narración de Lucas 24, 1-35, este pasaje tan intenso, con una narrativa cargada de tanta emoción, esconde algunos detalles interesantes sobre la amistad, o de ese vínculo cercano entre Jesús y los discípulos:


Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa,

tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio.


Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron;

mas Él se desapareció de su vista.


Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las escrituras?


Hacía pocos días que habían matado a Jesús. Sus amigos no solo cargaban con el dolor de la muerte, sino también con el sentido de injusticia y desolación. Su mente estaría aturdida, posiblemente sobrexigida de emociones, tratando de acomodarse a una nueva realidad.


Dos de ellos se dirigían a Emaus, y en el mismo camino, se encuentran con Jesús, pero curiosamente no lo reconocen. Claramente la confusión, el temor por los últimos sucesos, los cegaron. No logran reconocerlo, solo hasta cuando Él parte el pan.


Reconocen a su amigo por esas simples cosas que forman parte de la cotidianidad. Este acto mínimo e íntimo, nos lleva a ver esas manos que parten el pan para emocionarnos, e inevitablemente percibir al otro y reconocerme también en la historia de esa otra persona.


¡Cuántos caminos previos han recorrido juntos estos amigos!


La amistad es algo físico. Empecé diciendo que la amistad es química, pasan cosas en nuestro cerebro y en nuestro cuerpo. No es solo un sustantivo abstracto, es alfo físico que me sucede, que me provoca, que me modifica y satisface. Fijémonos en lo que se preguntan los discípulos, justo después que Jesús desaparece:


¿No ardía nuestro corazón cuando conversaba

con nosotros mientras nos hablaba?


La presencia de Jesús es física, pero esto no pudo haber sucedido sin ese amor previo que los vinculó, que los hermanó y que, aunque no lograron verlo inicialmente, sus cuerpos sí lo reconocieron, pues sus corazones ardían.


La psicóloga del hospital pudo ver en esa niña asmática una necesidad que, con el paso del tiempo, la amistad de Jesús expresada también en otros vínculos, pudo suplir. Ya lo habrás sospechado, esa niña fui yo.


Demos gracias al Señor que nos permite vivir con Él esta amistad, y reconocerla también en los otros.

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