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Como una semilla de mostaza

Actualizado: oct 2

Por Juan José Barreda Toscano.


Felipe es un adolescente que vive en la calle desde hace varios años. Hoy ha visitado mi casa y al llegar la noche noto que su estado anímico cambia. A lo largo del día hemos charlado mucho. Mucha risa, muchas bromas y de vez en cuando un abrazo afectuoso. Hemos hecho compras para cocinar. Hemos comido juntos lo cocinado mientras veíamos un par de películas. ¡Un par! Sí, hemos comido mucho porque todos teníamos hambre. Alguno comió mucho pollo, otro mucho arroz, y otros, entre los cuales estuve yo, mucha sabiduría de vida. No sé si Felipe piensa lo mismo, pero creo que tras su decisión de vivir en la calle existe un gran ejemplo de valor y decisión por subsistir lo más saludablemente posible.

Ha llegado la noche y Felipe se tilda cada tanto en la conversación. Un bostezo mío lo inquieta y siente que llegará pronto el momento que quiere evadir. No es la calle lo que le preocupa. Lo que siento que teme es que le pida que se vaya. ¿Por la hora? No, quizás porque teme que con ese pedido exprese mi cansancio de él. ¿Cómo no va a sentir eso si ha sido despreciado desde que tiene uso de memoria? Sus padres, familiares, instituciones benéficas... de miles de formas lo han hecho a un lado de sus vidas. El desamor inunda su joven corazón, y cada vez que se abre al afecto de otro, algo en su interior le dice que debe protegerse. Después de pasar un día de sana alegría, observa que lo estoy por despedir, que lo dejaré ir nuevamente a esa jungla que llaman "calle". Él sabe que yo sé lo dura que es la calle, y que lo es más aún en invierno. Quizás por unos segundos se hace la "loca" pregunta de por qué debe de irse. Pero la reprime tan rápidamente que ni lo registra.

Hemos terminado de ver la segunda película y estamos de pie estirándonos de tantas horas de estar sentados. Felipe se muestra indeciso. Me mira y yo miro la televisión como que no pasa nada, pero pasan allí muchas cosas. He querido darle la bienvenida a mi vida y no solamente a mi casa, pero igualmente se irá a la calle. Me pregunto si de esta manera estoy pudiendo expresarle de buena manera que le tengo cariño. Por ahí él quiera creer que sin haber cambiado todo en su vida, aún así valga la pena unas horas de amistad. O mejor aún, quizás la calle tenga otro sentido para él por haberse animado a amigarse conmigo.

Lo miro y me mira. En silencio nos quedamos observándonos. Son microsegundos que ambos usamos para leer los gestos. Es verdad, quiero ayudarlo, pero antes de pensar en cómo hacerlo, debo de aprender qué significa hacerlo. Requiero de la humildad que me falta, ¡estoy tan acostumbrado a creer saber lo que él otro necesita! Pero la realidad de Felipe me confronta con mis prisas, con mi visión mediocre de la realidad. Él precisará aprender lo mismo, digo, a ayudarme a acompañarlo. Ya lo está haciendo, y cuando se lo he dicho parece querer creerlo pero aún siento que no lo hace del todo.

Ahora Felipe se anima y agarra su bolsa de ropa sucia. Se lleva puesta una limpia y nueva a la que, es evidente, no le da mucha importancia. Finalmente lo dice: “Juan, me voy”. Caminamos hacia la puerta. La abro y he aquí otros segundos sin palabras, y sin movernos ambos nos quedamos mirando el rumbo que tomará. Hace mucho frío y la calle parece más oscura de lo habitual. No quisiera que se sumerja en ella y él no quiere comenzar a caminar. Podría sacarle algún tema más de conversación, pero callo. Él tampoco también calla.

De repente da sus primeros pasos titubeando. Lo hacerlo y después de unos pasos voltea y me dice: “Nos vemos, Juan”. –Nos vemos, le digo–

Sigue caminando...

Jesús también les hizo esta comparación: «Con el reino de Dios pasa algo parecido a lo que sucede con la semilla de mostaza. A pesar de ser muy pequeña, cuando un hombre la siembra en su terreno, crece hasta convertirse en la más grande de las plantas del huerto. Llega a ser tan grande como un árbol, y hasta los pájaros hacen nidos en sus ramas.»

Mateo 13: 31-32

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