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¡Aquellas pequeñas cosas!

Por Malena Manzato.


Más de medio año ha transcurrido desde la aparición del coronavirus, muchos analistas a nivel mundial han coincidido en que la pandemia actual representa, tanto la peor crisis de salud pública, como el mayor desafío a la democracia desde la Segunda Guerra Mundial. El COVID-19 supone un desafío radical a nuestro sistema político, al estado de bienestar, a nuestras cotas de prosperidad económica y posición de liderazgo global. Sin embargo, hay menos acuerdos cuando se refieren a las consecuencias de la pandemia en el orden mundial, esto es, en lo que respecta a la distribución y legitimidad del poder. Los análisis se centran en una cuestión principal: ¿Acelerará una transición hegemónica, o enconará el conflicto de poder entre China y EE. UU.? Algunos creen que el COVID- 19 remodelará este orden mundial al reforzar el liderazgo global de China, que aprovechará la ausencia del liderazgo estadounidense e incrementará su “diplomacia de mascarillas” (por ser el mayor proveedor de material sanitario, según dicen). Otros sostienen que la pandemia es un catalizador que, como mucho, se limitará a acelerar los desafíos y conflictos previos entre China y EE.UU.

¿Habrá un nuevo orden mundial como consecuencia del COVID-19?

No lo sabemos, pero lejos de pensar en conflictos mundiales, la realidad cercana es que estamos quienes nos cuidamos, quedándonos en nuestras casas, trabajando remotamente y/o tomando todos los recaudos para cuidar nuestra salud y la de nuestros seres queridos; pero están aquellas personas que son Anti ASPO (Aislamiento social, preventivo y obligatorio) y activistas del no cuidado, que rompen las reglas, que promueven la desobediencia civil: “Los unos y los otros” (mujeres y hombres). No sabemos qué va a pasar después del ASPO, no sabemos hasta dónde el mundo va a cambiar, ni siquiera sabemos cómo será nuestra vida cotidiana después.

¿Qué hacer entonces?

Ya nos hemos angustiado, también nos hemos entristecido y llorado, hemos acomodado la ropa varias veces, limpiado los rincones de nuestras casas, practicado recetas nuevas, mirado varias series de Netflix. Hemos participado en mil zoom, estudiado a distancia, leído varios libros. Nos hemos peleados con algunas personas y con nosotros mismos, nos hemos amigado, reído y hemos aceptado nuestra realidad. Es más, creo que hasta nos hemos acostumbrado a estar dentro de casa y contactarnos virtualmente con nuestros afectos. Es verdad, no hay abrazos, ni charlas de mate, ni reuniones de amigos, ni de familia, ni oraciones compartidas en los cultos de los domingos tomados de la mano y/o abrazando a los hermanos y, al decir de Serrat, extrañamos “Aquellas pequeñas cosas”.

Entonces… ¿qué hacer? ¡Eso!: “pequeñas cosas”. Protegernos y proteger. Separar tiempo para escuchar música. Orar. Leer historias bíblicas, meditar en ellas y, sobre todo, aprender de las cosas que Jesús nos decía que debíamos hacer para seguirle.

Ante tanta desesperanza e incertidumbre de “Los unos, nosotros (mujeres y hombres) debemos ser los otros”, debemos ser “Sal y Luz”, asumiendo responsabilidades que nos den esperanza. Porque no todo está en manos del destino oculto. Dios aún tiene el control del mundo, y mirando nuestras desazones, nos sigue diciendo las bienaventuranzas en Mateo 5,9: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

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